A veces se me olvida lo afortunado que soy.
Hay un montón de cosas estupendas que por el mero hecho de tenerlas todos los días, se dan por seguras y apenas se disfrutan. Y sin embargo son maravillosas. Lo cantaba Violeta Parra. ¿Lo recuerdas?
Hoy no doy las gracias por estas cosas cotidianas pero positivas. En el estress y el ruido de estos días de exámenes, siento más que otras veces lo afortunado que soy.
Afortunado porque he podido elegir el complicarme la vida y volver a la universidad en la treintena. Porque tengo dos trabajos que me permiten estudiar, viajar un poco, y sobretodo, pagar el alquiler. Porque he tenido momentos buenos y regulares trabajando, y he descubierto que precisamente de los momentos buenos se aprende poco, pero con los regulares, pueden escribirse libros, y también aprender a trabajar bien.
Gracias por los exámenes que me obligan exprimirme el cerebro, y que por no sacar las notas que están a mi alcance, veo que hago muchas cosas mal.
Gracias porque mi vida sea complicada y a ratos difícil, porque eso me empuja a desechar las cosas que no necesito o me hacen mal, y apreciar más la importancia de la sencillez.
Gracias por las carísimas matrículas de mi universidad privada; así tengo que ver que gastos son importantes y cuales son caprichos o convenciones innecesarias. Y disfrutar por lo que valen las cosas, y no por lo que cuestan.
Por los horarios imposibles, que me han enseñado a establecer prioridades, y que la primera soy yo mismo, aunque no lo sabia.
Gracias por todos los ratos malos que me han hecho madurar y tirar fuera lo que ya no funcionaba, en lugar de seguir arrastrándolo. Por las veces que he tenido que reinventarme y saltar adelante, al no haber ya vuelta atrás.
Por aquello que no deseo cuando se presenta, pero que después, tras superar el dolor y el miedo, descubro que siempre fue una bendición.
Gracias. Gracias por todo.
