Me he casado, y me he ido de honey moon a los USA.
Me he quemado los labios con la deliciosa pizza de a 1 dolar en Broadway, he desayunado una montaña de panqueques a las cuatro de la madrugada en Las Vegas, y comido judias a lo pionero en un rancho de juguete.
Y he vuelto a casa, con el tranquillo cogido a New York y a las Vegas, con ciertas ganas de regresar a estas tierras y más aún de volver a la mia. Lo bueno de desear lo casi inevitable es que sueles salir recompensado, y ya estoy en mi tierra, en mi casa, con mi novia, perdón, esposa.
Los primeros días se fueron en devolver los turnos extra que me cogí para tan largo viaje, y ahora se trata de organizar eso tan tonto y tan simple que es la vida. No toda mi vida, afortunadamente, sino el trocito que tengo a mis pies. Y menos mal, porque si no el vértigo me alcanza, me mareo y tengo ganas de acostarme para salir mañana.
Que es lo que voy a hacer. Que no voy a hacer, y lo que haré pese a desear quitarlo de mi rutina y todo lo que faltará de mi vida cotidiana por las mismas razones. Esa franja, ancha o estrecha si la miras, que es la realidad, la verdad, el universo. Vivir.
Y así, no quiero mirar lo que puede ser, como un libro que se te abre por el final, como una predicción para el sabio. No miraré mi vida y dejaré que crezca en la luz de la luna y las estrellas, que mañana por la mañana me sorprenda el camino, me lleve a donde me lleve.
Además, ahora camino en buena compañia...


