domingo, mayo 18, 2008

Jardines bajo la lluvia, de Claude Debussy



Llevan toda la tarde cosquilleándome en la cabeza unos versos del Tao Te King

Un huracán no dura toda la mañana.
Un aguacero no dura todo el día.
¿Quién hace estas cosas?
El cielo y la tierra.
Sí las cosas del cielo y la tierra
no pueden durar eternamente,
¿cómo las cosas del hombre?

Hoy ha llovido torrencialmente en mi ciudad. En estas tierras secas, apenas sin lluvias, el clima es parecido al del norte del Atlas, en África. Llueve muy pocas veces, pero cuando lo hace, puede manifestarse una fiereza, una intensidad difícil de comprender para nativos de territorios más generosos con la lluvia. Apenas unos minutos y tanta necesidad de lluvia...

Llueve de modo desmedido, tanto, que en minutos se atascan las alcantarillas, tanto, que el velo de la lluvia oculta todo, y parece que el mundo sea, milagro, solo de agua. Nos asomamos a las ventanas, dejando que el agua se cuele, embobados. Algunos se asustan y lo cierran todo, deseando que acabe ya esta prueba.

Llueve, y en minutos se hacen estanques, lagos, rios de las calles. La presión del agua lava el hollín y el polvo incrustados estos meses. Pero como dicen los versos de más arriba, ni las cosas del cielo y la tierra pueden durar eternamente, y al rato pasa el diluvio, dejando el cielo despejado, la ciudad nueva, y un sol blanco, cegador.

Nunca llueve eternamente.