jueves, octubre 02, 2008

El más viejo del mundo, de Eduardo Galeano













Era verano, era el tiempo de la subienda de los peces, y hacía una incontable cantidad de veranos que don Francisco Barriosnuevo estaba allí.

-Él es un comeaños- dijo la vecina-. Más viejo que las tortugas.

La vecina raspaba a cuchillo las escamas de un pescado, las moscas se restregaban las patas ante el banquete y don Francisco bebía un jugo de guayaba. Gustavo Tatis, que había venido de lejos, le hacía preguntas al oído.

Mundo quieto, aire quieto. En el pueblo de Majagual, un caserío perdido en los pantanos, todos los demás estaban durmiendo la siesta.

Gustavo le preguntó por su primer amor. Tuvo que repetir la pregunta varias veces, primer amor, PRIMER AMOR. El matusalén se empujaba la oreja con la mano:

-¿Cómo?¿cómo dice?

Y por fin:

-Ah, sí.

Balanceándose en la mecedora, frunció las cejas, cerró los ojos:

-Mi primer amor...

Gustavo esperó. Esperó mientras viajaba la memoria, y la memoria tropezaba, se hundía, se perdía. Era una navegación de mucho más de un siglo, y en las aguas de la memoria había mucha niebla. Don Francisco iba en busca de su primera vez, la cara contraída, estrujada por mil surcos; y Gustavo miró para otro lado y esperó.

Y por fin don Francisco murmuró, casi en secreto: Isabel.

Y clavó en la tierra su bastón de cañabrava, y apoyado en el bastón se alzó de su asiento, se irguió como gallo y aulló:

-¡Isabeeeeeeeel!

2 comentarios:

Sebastian Gómez Vega dijo...

Nunca había leído este cuendo de Galeano, debo admitir que me encanta su prosa, salvo algunos pocos tropiezos. Simplemente me encantó!

¡Isabeeeeeel!

Ashbless dijo...

Galeano es fantástico.

Un saludo



Isabeeeeel!