
Aquí estoy, estos días que trabajo poco, que preparo mi examen y se acerca el invierno. Tengo el atlas de anatomía, los apuntes, una libreta para dibujar músculos y articulaciones, mi cojín y un brasero eléctrico.
No hace mucho frío por aquí, y tengo un escritorio monísimo de color caoba. Pero ¿quien quiere una mesa teniendo el suelo? Y ¿quien quiere cuando empieza el frío el suelo teniendo una alfombra de lana, peluda y cálida? Mi alfombra es grande y mullida, blanca como otros muebles de la habitación, y como no se puede caer más abajo que tendido en ella, en ella estudio, escucho música bajita y de vez en cuando miro por la ventana. Miro el trozo de cielo que asoma entre edificios y antenas. No es mucho cielo, pero basta, y se ve mejor desde el suelo.
Será que tengo más de gato de lo que recordaba. O de niño, porque de crío amaba leer y jugar en la gruesa y dura alfombra de casa de mis padres.
Quizás la alfombra es eso, la realidad más básica y necesaria , el suelo, del que sillas, sofás y camas son solo sustitutos.
Sea como sea, aquí estoy. Si te animas estás invitado a un té. ¿Donde? En mi casa. Y en la alfombra, claro.










