sábado, noviembre 10, 2007

El arrullo de las estrellas, de Manuel Hernandez





















Reflejos en el agua estaba cansada y dolorida. El frío, cada vez mayor, no hacía más que sumarse a la fatiga y el hambre para hacer más duro cada uno de sus movimientos. Pero hacía tiempo que Reflejos en el agua había decidido acallar todas esas sensaciones, no prestaba atención al dolor y el cansancio, ni siquiera a sus propios pensamientos. Sólo dejaba lugar en su mente para una única idea, un único objetivo: seguir adelante, hacia el Norte. Nada más. Un movimiento, luego otro, adelante, siempre adelante. Eso era lo que pretendía Reflejos en el agua, no prestar atención a las voces de su mente, a los recuerdos o la incertidumbre. Pero eso era algo muy difícil, y más en mitad de aquel silencio. Nunca antes en su vida había percibido un silencio como aquel. Ningún animal, ninguna voz en la lejanía. Nada. Sólo el viento. Y hasta el sonido de ese viento le resultaba vacío, pues no traía nada, estaba hueco. Ni el sonido de un ave, ni olor a lluvia, ni la calidez de costas lejanas. Sólo traía frío, nada más. Frío y un murmullo monótono que azotaba su mente con más fuerza incluso que con la que azotaba su piel.

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Antes de que el frío se apoderara de todo, antes de que llegara el Invierno, el agua nunca estaba silenciosa. Cuando no era la conversación de sus semejantes, o sus cantos en la lejanía, eran las voces y los sonidos de los animales: los delfines, las focas, las tortugas… incluso los cardúmenes de peces podían percibirse en la lejanía por su constante movimiento y cambios de rumbo. Y el cielo. El cielo nunca era el mismo, por el día el Sol y las nubes y las aves. Bailaban, formaban dibujos que nunca eran iguales. Y por la noche ¡cómo amaba las noches! No lo que ahora tomaba su lugar. Por las noches podía contemplar la Luna, siempre cambiante, nunca igual. Con su forma atrayendo las olas, dictando de memoria las mareas. Y siempre, incluso cuando no había Luna, Reflejos en el Agua podía contemplar las estrellas. Siempre las mismas, siempre distintas. Conocía los nombres de todos los archipiélagos de estrellas: La Ballena Mayor y Menor, La Gaviota del Sur, La Nebulosa del Cardumen… Conocía de memoria todos los pasos de su danza a través del cielo. Y aún así, era incapaz de cansarse contemplándolas. Cuando aún vivían los demás de su clan, Reflejos en el agua era la encargada de enseñar a los más jóvenes los nombres de las estrellas, a orientarse mirando el cielo. Durante horas cantaba los nombres de las estrellas y sus archipiélagos: El Arrullo de las Estrellas. Pero el Invierno había llegado y se lo había llevado todo.

Hacía tiempo que los ancianos observaban las señales del Gran Invierno: los glaciares crecían, las costas avanzaban, los inviernos eran más largos, las lluvias más cortas… Conocían las señales, sabían que el Gran Invierno se acercaba, pero no sospecharon que lo haría tan pronto. Pero lo hizo. El cielo se cubrió de nubes, pero no llovió. Las corrientes cambiaron. Las aguas se enfriaron. Los animales más pequeños empezaron a morir. Los ancianos dijeron que desde antes de que el Hombre muriera, o se marchara, pues los ancianos no lo sabían ni les importaba, nunca habían contemplado tantas desgracias. Pero las desgracias no se detuvieron allí, pues los suyos también comenzaron a morir. El alimento escaseaba, las aguas eran frías y las corrientes engañosas. Primero los ancianos, luego los pequeños. Poco a poco al principio, su pueblo fue menguando. Luego, lo hizo más deprisa. Los adultos también comenzaron a morir. Sin calor, sin sol, el plancton moría y el alimento escaseaba. Sin sus hijos ni sus padres, su tristeza aumentaba. Reflejos en el agua vio cómo su clan se extinguía poco a poco, lenta pero irremisiblemente. Todos los cantos que escuchaba en la lejanía traían las mismas noticias. Su pueblo moría. De todos los adultos de su clan, Reflejos en el agua era la más joven, y por algún triste motivo, fue la única en sobrevivir. La muerte la esperaba, eso era cierto, pues su fuerza no era mayor que la de los suyos, pero tardaría más en alcanzarla. Sola, triste, furiosa, desesperada, Reflejos en el agua viajó y viajó. Nadó buscando señales de los suyos, de otros clanes supervivientes. Entonó cantos de llamada y auxilio, una y otra vez. Murmuró y gritó notas sin sentido, más veces de las que podía recordar. Pero no recibió ninguna respuesta. El agua esta silenciosa, las voces apagadas, su pueblo, extinguido. La certeza, aún sin pruebas concluyentes, era aplastante para ella. Sabía que estaba sola, que era la última de su raza, y que, dentro de poco, cuando ella muriera lo haría todo su pueblo. Cuando el frío, el hambre y la pena acabaran con su vida, lo harían también con la última voz, con todas las canciones, con todo el legado de su raza. Tras ella no habría más historias, más nombres, más palabras en el Agua. El Invierno las habría matado, congelado y hundido para siempre. Puede que los peces, los crustáceos, o las cosas que se impulsan en las profundidades sobrevivieran al Invierno, pero la Palabra... Las palabras no sobrevivirían.

Asustada, desesperada, cansada de contar los días, Reflejos en el agua decidió poner fin a su vida antes de que lo hiciera el Invierno. El cómo, la manera, surgió de manera extraña e inesperada, como el cuerpo de uno de esos enormes calamares de las profundidades que emergen de repente a la superficie sin un aviso o una razón. Se quitaría la vida en las Orillas Hambrientas. Allí donde tantos de los suyos habían muerto sin desearlo, ella acabaría con su vida voluntariamente. Orillas Hambrientas era un lugar maldito para su raza, aunque recordado solemnemente. Hace mucho tiempo, ese lugar fue uno de los lugares de cortejo de su pueblo, allí acudían para desposarse y engendrar a sus chiquillos. Pero un día, los hombres aprendieron su costumbre y aguardaron allí año tras año para darles caza. Cuando emergían a las aguas superficiales, los hombres les arrojaban sus colmillos de metal y las aguas se teñían de rojo. Eran tiempos en los que su pueblo no dominaba aún la Palabra y tardaron en aprender a alertarse unos a otros del peligro de acudir a ese lugar. Aún así, la memoria de aquellas experiencias consiguió sobrevivir a esos tiempos oscuros y arcaicos, llegando hasta la generación de Reflejos en el agua. Por ello, su pueblo considera las Orillas Hambrientas un lugar digno de perdurar en la memoria, odiado y a la vez sagrado por ver morir a tantos de sus antepasados. Así, Reflejos en el agua decidió nadar hasta las Orillas Hambrientas y flotar sobre las aguas superficiales, no esperando recibir a su esposo como incontables generaciones atrás, sino esperando la muerte. Flotaría hasta alcanzar la orilla y allí, sobre la dura tierra, embarrancaría y se dejaría morir.

Sin dejar sitio en su mente a ninguna idea salvo esta y el movimiento de sus aletas, Reflejos en el agua emprendió su marcha. Y sin desearlo, el frío en su interior era mayor que el del Invierno.

* * *

La oscuridad envolvía a Zarpa Blanca. La oscuridad y el incesante azote del viento que la privaba de cualquier sonido u olor. Caminaba al azar, desorientada, sin un horizonte que seguir ni un rastro que husmear. De repente, entre la cortina blanca del viento y la nieve, una sombra. Se acercaba a ella de manera extraña, pues lo hacía sin dificultad, sin luchar contra el viento como hacía ella. El viento, por algún motivo, no quería detener sus pasos. Zarpa Blanca esperó a la silueta en tensión, asustada pero alerta. Si era una presa, sería bienvenida, si era un adversario, no tendría un combate fácil. Pero el rostro que emergió de la ventisca no era una cosa ni otra. Era él, Gruñido Ronco, su esposo. La estaba llamando, y ella, no encontrando ninguna razón en contra, se dirigió hacia él. Pero algo estaba mal en eso. Algo no encajaba, aunque no podía recordarlo. ¿Qué era?, ¿qué era lo que no tenía sentido…? Casi lo tenía cuando unos gruñidos acompañados de sollozos la alcanzaron desde la dirección opuesta. Eran los gruñidos de sus cachorros hambrientos. Entonces recordó qué estaba mal. Gruñido Ronco, su esposo, estaba muerto. Y en ese momento, se despertó.

Zarpa Blanca se incorporó lentamente, con dificultad. Se había quedado dormida, otra vez. Sus hijos mordisqueaban en vano sus pechos, buscando algo de leche con la que alimentarse. Pero eso era imposible. Hacía demasiado que no comía, y su cuerpo, apenas capaz de mantenerse en pie, no podía producir más leche para sus pequeños. Y eso estaba mal. Hacía días, semanas, que su esposo había muerto. Casi sin comer, dejando la mayor parte de las últimas presas para que ella se alimentara y amamantara a los pequeños, Gruñido Ronco había caído el primero. Llena de dolor, pero decidida a no dejar morir a sus hijos, Zarpa Blanca se alimentó del cuerpo de su esposo y así amamantó a sus pequeños unos días más. Pero no fueron suficientes. Llevaba semanas buscando una presa que cazar, pero le era imposible. El hielo era demasiado grueso para atravesarlo. No podría pescar ni cazar si no llegaba primero al agua, al océano. Allí podría atrapar alguna foca o quizá pescar algo. Sin embargo, el viento no dejaba ver más allá de unos pasos, ni tampoco le permitía encontrar ningún rastro que la llevara hasta la costa más cercana. Los hielos habían crecido rápidamente en los últimos meses, por lo que la geografía ya no era la que conocía y tampoco podía orientarse de ninguna manera. La única opción posible era avanzar en línea recta en una dirección cualquiera, con la esperanza de alcanzar la orilla del agua en algún momento. Eso claro, si no moría antes de hambre. Además, no podía avanzar muy deprisa pues no podía dejar atrás a sus cachorros. Si los dejaba solos para explorar, a parte de la posibilidad de que murieran de frío, era muy probable que no fuera capaz de encontrarlos de nuevo, no con ese viento que le impedía sentir cualquier olor o sonido.

El pueblo de Zarpa Blanca era joven y apenas conocía unas pocas palabras, y ninguna de ellas era capaz de expresar lo que ella sentía en ese momento. Así que lo que brotó de la garganta de Zarpa Blanca no fue ninguna palabra, sino un grito, grave y profundo, un desafío al viento, al frío y la nieve, a la soledad, al hambre y la muerte. Los pequeños se estremecieron y se aproximaron aún más al cuerpo blanco de su madre. Debía ahorrar fuerzas, ese fue el único pensamiento que hizo que Zarpa Blanca dejara de gritar. Las esperanzas eran muy pequeñas, pero Zarpa Blanca no podía hacer otra cosa más que agarrarse a ellas. Así que, apretó a sus pequeños contra su cuerpo y se dispuso a avanzar de nuevo en la misma dirección que mantenía desde hace días.

* * *

Antes de lo que imaginaba, Reflejos en el agua divisó las costas de Orillas Hambrientas. Pese a su profunda determinación de acabar con su vida, en cierto modo la llegada a su destino la alcanzó antes de lo que deseaba. Puede que, de una extraña manera, la decisión de morir por su propia voluntad, el poner fin a la incertidumbre y la duda con una decisión, aunque fuese tan funesta, otorgara cierta paz a la mente de Reflejos en el agua durante su viaje a las Orillas Hambrientas. Así, acabada la tarea del viaje, y obligada a dar el siguiente paso, Reflejos en el agua se sintió inquieta de nuevo. Pensaba, que tras las miserias y el sufrimiento de sus últimos días, el último paso sería más sencillo. Pero no fue así. A parte de la débil voz de su instinto de supervivencia, demasiado apagado ya como para oponer resistencia, había algo en su mente que dificultaba la toma del siguiente paso. Se trataba del recuerdo de su gente, de sus antepasados, la vergüenza por abandonar, ceder a la pena y renunciar a la vida. Su pueblo era una raza estoica, paciente, tenaz, que había sobrevivido a no pocas dificultades a lo largo de su historia. El suicidio no era una opción honorable o valiente para su raza, era la renuncia absoluta, la negación de todas las opciones. Pero Reflejos en el agua sabía, que en estos días no había más opciones, ni nadie de su raza para sentirse defraudado.

Lóbrega y decidida, Reflejos en el agua nadó hasta las aguas superficiales cercanas a las Orillas Hambrientas y contempló la costa a través del eco de su voz. Unos pocos metros más y la profundidad sería tan escasa que embarrancaría. Por última vez, se sumergió y lanzó una larga y profunda canción de llamada. Guardó silencio y esperó, más tiempo del razonable, más de lo que tardaría en responder cualquiera de sus semejantes, por muy lejos que se encontrara. Esperó con una terrible impaciencia, pues dejar pasar los segundos en espera de una respuesta era dejar espacio a la esperanza, la incertidumbre, la angustia. Emergió de nuevo y dejó de escuchar, poniendo fin a las dudas, la esperanza y el sufrimiento. Ya no había vuelta atrás. La decisión estaba tomada. Nadó enérgicamente en dirección a la orilla, usando las pocas fuerzas que había reservado durante el viaje, a ciegas, hasta que sintió el lecho de arena bajo su vientre. Con amarga determinación, Reflejos en el agua esperó a que la marea retrocediera, así su cuerpo quedaría fuera del agua, en mitad de la playa y ya no habría vuelta atrás.

Y esperó, pacientemente, abatida por el viaje y la tristeza, hasta que su piel quedó expuesta al azote del viento y el peso de su cuerpo, ya fuera del agua, descansó únicamente sobre su vientre. Ya estaba hecho, la decisión había sido tomada y ya no había posibilidad de arrepentirse. Esa idea, la imposibilidad de volver atrás la consoló ligeramente, al igual que la sensación de morir donde tantos de los suyos habían muerto años atrás.

Mientras esperaba que el frío y su propio peso acabaran con su vida, Reflejos en el agua se sintió apenada e impotente, con una gran sensación de pérdida. Pero no por ella misma, sino por su pueblo, por el legado de su raza. Con su muerte, se perderían todas sus historias, todos sus conocimientos, su lenguaje, los nombres que habían dado a las cosas… La Palabra desaparecería del mundo y este convertiría en un lugar silencioso, sin tiempo, sin historias… Las costas y las estaciones y las bestias perderían su nombre y sólo quedaría el Invierno, con su blanco silencio y las indolentes vidas de los pájaros, los peces y las bestias. En especial recordó las estrellas, las lecciones que daba a los pequeños sobre las materias del cielo y nostálgica, alzó la mirada. Pero arriba, sobre su cabeza no encontró más que el sudario de nubes y bruma con que el Invierno había reemplazado al cielo. Furiosa y triste, como si pudiera colgar del cielo ese fragmento de conocimiento y salvarlo de la muerte y el olvido, Reflejos en el agua comenzó a cantar con todas sus fuerzas. Se trataba del Arrullo de las Estrellas, la canción que cuenta la historia y los nombres de todas las cosas del cielo, tal y cómo las conocía su raza, tal y como ella la había cantado una y otra vez a los más jóvenes. El esfuerzo era enorme, cantar fuera del agua través del tenue aire, mientras sus costillas cargaban con el peso de su cuerpo. Pero no importaba, ¿qué mejor modo de morir que honrando el legado de su pueblo y recordando aquello que más amaba, las estrellas? Durante horas, Reflejos en el agua cantó y cantó, mientras el frío engullía su cuerpo. El mundo, la fatiga, el dolor, poco a poco todos fueron apagándose, hasta que sólo quedó su voz, y el recuerdo de las luces eternas del firmamento. Y después, cuando eso también se apagó en ella, el Invierno terminó de llevarse su vida, y con ella, todas las penas que le había traído.

* * *

Zarpa blanca se encontraba al límite de sus fuerzas. Sus cachorros apenas podían sostenerse y la cortina de viento y nieve seguía ocultando cualquier rastro de la costa, para ella la única posibilidad de supervivencia. Había perdido la cuenta de los días que llevaba caminando en línea recta a través de la ventisca, con la esperanza de alcanzar la costa antes de que ella o sus cachorros murieran de hambre. Detenerse y dormir era peligroso, corría el riesgo de no despertar, pero los pequeños llevaban demasiadas horas caminando y necesitaban descansar, ella misma necesitaba algo de descanso. Se detuvo, acurrucó a los cachorros junto a su pecho, los rodeó con su cuerpo y juntos se entregaron al sueño.

Zarpa blanca se despertó sobresaltada. Sus sueños volvían a ser oscuros y turbulentos, pero no se trataba de eso, era algo del exterior. Lo pequeños seguían durmiendo, no la habían despertado ellos, así que levantó la cabeza alertada. Al principio le costó separarlo del rugido del viento, pero allí estaba, otra cosa, un sonido nuevo. Zarpa blanca no pudo identificarlo, pero parecía el lamento de alguna bestia. Una presa, comida, cerca. Pero lo mejor de todo: provenía de una dirección. El viento no soplaba en la dirección adecuada para traerle su olor, pero podía seguirla por el sonido. Al fin una referencia, un rastro, un rumbo que seguir en mitad de la cellisca.

Zarpa blanca cargó con sus cachorros y se dirigió hacia la voz con toda la velocidad que le fue posible. Mientras seguía aquel sonido, empezó a apreciar en él cierta musicalidad, distintos tonos y pausas, como cuando ella arrullaba a sus cachorros. Con cada paso que daba, la canción, el lamento, se hacía cada vez más fuerte y claro, debía de estar bastante cerca. Por fin, Zarpa blanca apreció un cambio en el terreno, una ligera pendiente, y más tarde el olor del mar. La costa debía estar cerca. Y también un olor curioso, un animal, carne sin duda, parecido al olor de una foca pero distinto.

La ventisca amainó ligeramente y Zarpa blanca divisó un desnivel, el hielo acababa abruptamente unos pasos más adelante, la costa debía estar allí mismo. Aquel sonido, la canción, era ahora muy intensa, la presa debía estar muy cerca. Por precaución, desconociendo la naturaleza y estado de salud del animal, escarbó un pequeño hoyo y dejó allí a sus cachorros. Mientras ella no volviera, no se moverían de allí.

Lentamente, con cautela, Zarpa blanca alcanzó el desnivel y bajó por él hasta llegar a una playa al nivel del mar. La presa, la bestia que emitía aquella canción estaba allí. Enorme, majestuosa, moribunda. Zarpa blanca no había visto nunca una criatura como esa, al menos no tan cerca ni fuera del agua. Se trataba de un enorme pez, echado sobre la orilla, entonando sin cesar aquel lamento que era como una nana, como una canción. La criatura estaba al límite de sus fuerzas, moribunda y fuera de su medio natural. Era evidente que no podía huir ni prestar batalla. Cómo había ido a parar allí era un misterio, quizá el mar la había arrojado tan violentamente que no pudo regresar a las olas. No tenía importancia, la criatura la había traído hasta la costa, y su cuerpo la alimentaría durante días, eso era lo importante. Feliz, agradecida e impresionada por la enorme criatura, Zarpa blanca se quedó inmóvil, escuchando su triste y hermosa canción. Así se mantuvo hasta que el pez emitió una última nota y suavemente, murió.

El silencio sacó a Zarpa banca de su trance. Rápidamente fue en busca de sus cachorros y los colocó junto a uno de los costados de la criatura, donde quedaban al abrigo del viento. Contempló al enorme pez por unos instantes y tras pronunciar un silencioso agradecimiento, clavó las zarpas en su carne y empezó a comer. La carne y la sangre aún estaban calientes y fueron la primera comida y bebida de Zarpa blanca en muchos días. Comió hasta saciarse y cuando terminó se tumbó junto a sus hijos, esperando a que la leche llenara sus pechos. Cuando estuvo lista para amamantarlos los despertó y suavemente les guió hasta que comenzaron a mamar.

Lo había conseguido, sus cachorros vivirían y ella también. Conmovida, feliz, comenzó a arrullar a los pequeños y lo hizo con la misma canción que entonaba el gran pez, la misma que la había guiado a través de la ventisca y que había quedado grabada en su memoria. Así, Zarpa blanca enseñó a sus hijos la Nana del Gran Pez, y sin saberlo, con una lengua que no era la suya, les estaba enseñando los nombres de todas las estrellas.

El Invierno ocultó el cielo y cubrió la tierra y los océanos, pero la Palabra, aunque cambió de labios, no se extinguió.