
Llevo ya una semana de noche. Se acerca mi examen, anoche hubo celebración y cena laboral. Luego una larga madrugada. Me he despertado hoy antes del crepúsculo, y me sentiré fuerte cuando la luna se alce, como los vampiros ancianos.
Insensiblemente mi horario se ha desplazado a la oscuridad, desde este cuarto cálido, cerrado, donde los únicos objetos reales son un atlas, una libreta y la alfombra. Terminará al miercoles, con el examen. He consultado mi otro oráculo, y libro entonces hasta la noche del domingo, unos días libre de la noche, del día, y de estos días libres para estudiar. De vuelta a la vida, la de siempre, que nunca es como esperas. O en eso confío.
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Angeles sonámbulos
1
Pensad en aquella hora:
cuando se rebelaron contra un rey en tinieblas
los ojos invisibles de las alcobas.
Lo sabéis, lo sabéis. ¡Dejadme!
Si a lo largo de mí se abren grietas de nieve,
tumbas de aguas paradas
nebulosas de sueños oxidados,
echad la llave para siempre a vuestros párpados.
¿Qué queréis?
Ojos invisibles, grandes, atacan.
Púas incandescentes se hunden en los tabiques.
Ruedan pupilas muertas,
sábanas.
Un rey es un erizo de pestañas.
2
También,
también los oídos invisibles de las alcobas,
contra un rey en tinieblas.
Ya sabéis que mi boca es un pozo de nombres
de números y letras difuntos.
Que los ecos se hastían sin mis palabras
y lo que jamás dije desprecia y odia al viento.
Nada tenéis que oír.
¡Dejadme!
Pero oídos se agrandan contra el pecho.
De escayola, fríos,
bajan a la garganta,
a los sótanos lentos de la sangre,
a los tubos de los huesos.
Un rey es un erizo sin secreto.
Como yo, como todos.
Y nadie espera ya la llegada del expreso,
la visita oficial de la luz a los mares necesitados,
la resurrección de las voces en los ecos que se calcinan.