miércoles, noviembre 28, 2007

Gracias




























Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Gracias por los días buenos, y también los malos.
Gracias por todo lo que me ha dado. Y aún más por lo que no.
Gracias por las cosas que conseguí, y por todo lo que aún intento.
Gracias por el sol, que me ilumina. También por la noche y su descanso.

Gracias por mi cuerpo.
Gracias por mi salud, y por mi cansancio.
Gracias por mis ojos, el bueno y el malo.
Gracias por mi flaqueza. Gracias por mi estatura.
Gracias por todo lo bueno, y también lo malo.

Gracias por todo lo que sé. Y por todo lo que ignoro aún.
Por todos las mujeres que vinieron. Y porque se marcharon.
Gracias por todos los amigos. Y por todos los que no lo son.
Gracias por la vida, por los ratos que lo siento... y los que no lo hago.


Gracias

lunes, noviembre 26, 2007

Dentro del Laberinto


















Esto es publicidad. Aviso.

Pero es publicidad buena. Altruista. Porque no paga nadie por ella, y es una buena noticia.

El hermano menor de este servidor de ustedes, que no solo es el más joven de la familia sino el más talentoso, tras interminables presiones y solicitudes de su público, ha condescendido a abrir sus pensamientos a los millones de usuarios de internet en lengua hispana. Las versiones en mandarín, ingles, alemán y ruso están preparandose.

Si teneis apenas un minuto no os perdais dar una vuelta por el laberinto. Aunque cuidado, salir puede ser dificil, o podeis volver ligeramente cambiados...


Dentro del Laberinto

Todo continua...






























Después del fin del mundo, cuando toda la existencia del universo ya haya concluido y todo lo que fue vueva al seno del Logos, comenzará otro nuevo universo para llenar el hueco del antiguo. Y lo hará con un lunes. Laborable.

Esto es así. Nada se detiene. Si acaso nos tomamos un respiro, contenemos la respiración el fin de semana, o nos largamos de vacaciones. Al volver las plantas siguen ahí, mustias si no buscamos quien las cuidara.

Al menos a mí me pasa. Tras cambios, complejidades y crisis, siempre hay un lunes o al menos un martes. Laborable.

Es un pequeña maldición según algunos. Pero solo se me ocurre una alternativa, y no me gusta demasiado. Tras la compresión de estar preparando el examen de semanas anteriores, y estos dias que me he soltado -un pelín, casi nada- la melena, toca continuar. No exactamente con lo de siempre porque el rio y el hombre cambian. El buen humor y el malo se arrastran a tus tareas, así como las resacas, los cansancios y esa serie que empezaste a ver aprovechando que ya podias descansar.

Podria ser peor. Podria no haber un lunes ni un martes. Podria no haber nada. Además, ya volverá a tocar descanso.

Un abrazo.

viernes, noviembre 23, 2007

Tao Te King 44





















Fama o integridad: ¿Qué es más importante?
Dinero o felicidad: ¿Qué es más valioso?
Éxito o fracaso: ¿Que es más destructivo?

Si miras a otros en busca de plenitud
nunca alcanzarás la autentica plenitud.
Si tu felicidad depende de posesiones
nunca estarás feliz contigo mismo.

Conténtate con lo que tienes;
regocíjate en que las cosas son como son.
Cuando comprendes que nada falta,
el mundo entero te pertenece.

jueves, noviembre 22, 2007

Ganar y perder




















Ayer me examiné de anatomía. El examen salió regular. Iba algo flojo para lo que se esperaba, y el nivel de exigencia fue muy alto. También se cumplió uno de mis mayores deseos de los últimos tiempos.

¿Triunfo y fracaso?
Apruebe o suspenda anatomia, he recogido una lección que no es nueva. Tardé varias semanas en coger el ritmo de estudio adecuado, y el enfoque correcto. Además que yo mismo sabia que iba justo, justo. Y lo peor es que no quiero aprobar así. A nadie le amarga un dulce, dicen. Pero aprobar sin saber, y luego tener la duda de si te lo has merecido o no, y al tiempo no tener ese conocimiento básico y fundamental para ejercer la profesión...

Y el éxito. Cuando deseas algo, alguien, alguna cosa, y te ciegas en el puro deseo, en el anhelo... Te permites olvidar quien eres e incluso que es lo que necesitas realmente. Y cuando la persona o cosa llega, y calmas tu deseo, recuperas la serenidad suficiente para comprender donde estás. Y no es donde creías al principio.

Deshacer tus acciones, sobretodo cuando afectan a otros, segundos o terceros, no es facil. Obviamente se aprende más sobre uno mismo y los demás intentando cosas que quedándose mano sobre mano, y creo firmemente que estamos aquí para aprender. Ese es uno de los pocos sentidos que tiene la existencia.

Pero errar continuamente, sin extraer enseñanza o mejora de ello es un camino que baja en espiral. He visto a muchos tomarlo y resulta duro volver.

Este post no va de mi examen, ni de la anatomía. Por favor no me consueles o animes por eso. Gracias, pero no es necesario.

No te engañes, eso no importa hoy. Escribo sobre el triunfo, que puede ser verdadero y absoluto, más allá de lo esperado, y contener el germen de la destrucción por ello. Del sentido de ganar y perder, de los dos mentirosos que son triunfo y derrota. De lo vacío que me siento por haber ganado, y de la esperanza que tengo en mi derrota.

martes, noviembre 20, 2007

Lejos de Boneville





















Mañana tengo el examen, y estoy cansado. Cansado de estudiar, de dar vueltas a las distintas fibras y detalles del cuerpo humano, ya sea en una biblioteca, mi escritorio o incluso mi alfombra. Me siento igual que tras comer dos bolsas de palomitas. Me encantan, pero después de la primera bolsa es solo inercia, y tras la segunda... No me las mencionéis por favor.

La verdad es que necesito un azucarillo para recorrer los últimos metros. Reactivar esa fuente de energía que me sostiene todas las noches, mañanas y tardes, haga curro, clases particulares o que ponerse a estudiar. Hacer que vuelvan a irradiar fuerza y entusiasmo mis tripas, se calienten de nuevo las barras de uranio enriquecido en el interior de mi caldera nuclear, y Mazinger vuelva a Tokio para defender a los buenos.

Así que me he dado un baño caliente en mi bañera ecológica -es tan pequeña que casi se llena sin agua- me he puesto a curiosear los infinitos contenidos de mi disco duro -en ese ordenador que prometí no encender hasta el miercoles- y me he leido un par de números de Bone con frutos secos, y un zumo de piña.

¿Que es Bone? Es un tebeo genial, para todas las edades y con cierto aire épico que afortunadamente se ve disuelto por la ironia y el buen humor. Como si el Disney de los primeros cortos hubiera contado con Micky, Donald y Goofy para narrar su Señor de los anillos. Malos divertidos, abuelas heroicas, carreras de vacas, dragones que fuman puros... Y los bones, el bueno, el avaro y egoista y el felizmente bobo.

Me estoy pensando si comprarme la historia en ingles en un tomo -1300 paginas- o compro los tomos en español y a color, o si solo los leo por internet. Ya veremos, por mi cumpleaños solo me regalé un cuaderno azul - no el Aznar- y lo he acabado usando para hacer diagramas anatómicos.

Bueno, pues eso, que os deis un permiso para ser felices de vez en cuando, o los enanos os crecerán y querrán dejar el circo. Normalmente no hacen falta cosas con precio, basta parar o hacer eso para lo que "nunca hay tiempo". Pero tampoco es malo comprarse un buen pastel de chocolate y zampárselo. O un buen libro.

Y ahora con vuestro permiso me pondré a meditar, luego un par de horas de estudio, y mañana sera otro día. Besos

Pd:La editoria de Bone ha puesto el primer número gratis en la red. Si teneis cinco minutos podeis descargarlo desde aquí y leerlo. Pero cuidado, reiros puede ser bueno para vuestra salud

La Esfinge de Gizeh, de Lord Dunsany





















Vi el otro día la faz pintada de la Esfinge.
Ella había pintado su rostro para así flirtear al Tiempo.
Y él no ha perdonado a ninguna otra faz pintada en el mundo entero salvo la suya.
Dalila era más joven que ella, y Dalila es polvo.
El tiempo no ha amado nada salvo esta faz pintada y sin valor.
No me importa que sea fea, ni que se haya pintado el rostro, con tal que ella sola sonsaque al tiempo su secreto.
El tiempo reposa como un necio a sus pies cuando habría de estar abatiendo ciudades.
El tiempo jamás se harta de su tonta sonrisa.
Hay templos repartidos en torno a ella que él ha olvidado saquear.
Yo vi a un viejo pasar, y el tiempo jamás lo tocó.
¡El Tiempo, quien ha cargado con los siete portales de Tebas!
Ella ha tratado de atarlo con cuerdas de arena eterna, tenía la esperanza de oprimirlo con las Pirámides.
El yace allí en la arena con sus absurdos cabellos esparcidos sobre las patas delanteras de ella.
Si ella descubre alguna vez su secreto le arran-caremos los ojos, para que así no encuentre más nuestras cosas bellas —hay preciosos portales en Florencia con los cuales temo que cargará.
Hemos intentado sujetarlo con canción y con costumbres de antiguo, mas tan sólo le retuvieron por un pequeño intervalo, y él nos ha siempre abatido y se ha mofado de nosotros.
Cuando esté ciego él bailará para nosotros y nos dará diversión.
El gran y torpe Tiempo tropezará y danzará, él que gustaba de dar muerte a niños pequeños, y no puede ya dañar ni siquiera a las margaritas.
Entonces se reirán nuestros niños de aquel que aniquiló a los toros alados de Babilonia, y eliminó grandes cantidades de los dioses y hadas —cuando se le hayan podado sus horas y sus años.
Lo encerraremos en la Pirámide de Keops, en la gran cámara donde el sarcófago se encuentra. Desde allí le guiaremos afuera cuando celebremos nuestros banquetes. Él madurará nuestro maíz para nosotros y nos hará labores domésticas.
Besaremos vuestra faz pintada, oh Esfinge, si traicionais a nosostros al Tiempo.
Y sin embargo temo que en su angustia final pueda él aferrar al mundo y a la luna, y lentamente derribar sobre sí la Mansión del Hombre.

sábado, noviembre 17, 2007

Una semana de noche. Angeles sonámbulos, de Rafael Alberti























Llevo ya una semana de noche. Se acerca mi examen, anoche hubo celebración y cena laboral. Luego una larga madrugada. Me he despertado hoy antes del crepúsculo, y me sentiré fuerte cuando la luna se alce, como los vampiros ancianos.

Insensiblemente mi horario se ha desplazado a la oscuridad, desde este cuarto cálido, cerrado, donde los únicos objetos reales son un atlas, una libreta y la alfombra. Terminará al miercoles, con el examen. He consultado mi otro oráculo, y libro entonces hasta la noche del domingo, unos días libre de la noche, del día, y de estos días libres para estudiar. De vuelta a la vida, la de siempre, que nunca es como esperas. O en eso confío.

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Angeles sonámbulos

1
Pensad en aquella hora:
cuando se rebelaron contra un rey en tinieblas
los ojos invisibles de las alcobas.
Lo sabéis, lo sabéis. ¡Dejadme!
Si a lo largo de mí se abren grietas de nieve,
tumbas de aguas paradas
nebulosas de sueños oxidados,
echad la llave para siempre a vuestros párpados.
¿Qué queréis?
Ojos invisibles, grandes, atacan.
Púas incandescentes se hunden en los tabiques.
Ruedan pupilas muertas,
sábanas.
Un rey es un erizo de pestañas.

2
También,
también los oídos invisibles de las alcobas,
contra un rey en tinieblas.
Ya sabéis que mi boca es un pozo de nombres
de números y letras difuntos.
Que los ecos se hastían sin mis palabras
y lo que jamás dije desprecia y odia al viento.
Nada tenéis que oír.
¡Dejadme!
Pero oídos se agrandan contra el pecho.
De escayola, fríos,
bajan a la garganta,
a los sótanos lentos de la sangre,
a los tubos de los huesos.
Un rey es un erizo sin secreto.
Como yo, como todos.
Y nadie espera ya la llegada del expreso,
la visita oficial de la luz a los mares necesitados,
la resurrección de las voces en los ecos que se calcinan.

Maestros por todas partes






















Llevo unos dias de lecciones.

No es solo la anatomia. De hecho, aunque estoy estudiando más que antes mientras se acerca el examen, creo que es de lo que menos estoy aprendiendo.

Aprendo de cosas muy diversas, como las relaciones humanas y los juegos y bailes que establecemos hombres y mujeres. De que clase de padre podría ser en el futuro. De los miedos que encierro en mi pecho, y lo que me pueden llevar a hacer. Del miedo que yo también, levanto en corazones ajenos, y de responsabilidad y amor por tu trabajo.

Son muchas cosas distintas, pero es que estoy teniendo muchos maestros diferentes, y cada uno me aporta algo nuevo.

De amigas, nuevas y antiguas, ese juego excitante pero viejo que jugamos las personas. El deseo y el ser deseado. Las esperas, el hacer grato, cercano y similar o exótico y especial a la otra persona. Inevitablemente estoy más experimentado ahora que antaño, y voy viendo las cosas, aunque sea a posteriori. Es extraño descubrir que estás tomando posiciones y papeles, reaccionar y causar reacción. Pero es divertido. Mucho.

He ido a una tienda donde siempre tuve problemas. Necesitaba cambiar un ratón roto, y al llegar me he dado cuenta que estaba tenso, a la defensiva. Que estaba esperando una pelea que no se ha producido ni tenia porqué pasar. Que los comentarios anodinos del técnico que tomaba como algo personal, no lo eran. Incluso yo en su lugar habria utilizado las mismas palabras en ese contexto. Y me he marchado con mi ratón nuevo, y una extraña sensación de sorpresa.

Y en el trabajo igual. De quien esperas un ataque porque no te llevas nada bien, porque teme a todos y los considera sus enemigos, descubres que hoy no hay guerra, aunque tampoco aprecio. Algunas críticas que sirven para ponerte en tu sitio, reafirmarte y reconocer lo que has hecho mal. Y dar gracias al destino porque esto viene ahora que no es importante, y se puede resolver.

Padre, porque así me estaba sintiendo respecto de un compañero de piso y otros amigos que veo cotidianamente desperdiciar su potencial y repetir los mismos errores. Esta semana he comprendido que no quiero ser su padre. Y tampoco quiero ser un padre sobreprotector ni rígido. Solo quiero ser mi propio padre, ahora, y de mis hijos cuando los tenga. Y quiero permitir que ocurran los errores -con algo de red para que los saltos no sean mortales- porque solo de los errores se aprende verdaderamente. Y despues de caer levantarse, sin rencores ni más preocupaciones.

¿Y la responsabilidad y amor por el trabajo? De la batallita laboral anterior, de darme cuenta que soy mucho mejor trabajando de lo que pienso. Y del ejemplo de la novela "Hornblower y el Hotsput" de Cecil Scott Forester, tercera novela sobre la vida de un inteligente y realista marino ingles en los tiempos de Nelson. Un joven capitán de barco que ama lo que hace y entiende el mundo y su vida desde el respeto a su profesión y a los que le rodean. Que no es poco.

viernes, noviembre 16, 2007

Tao Te King 24, más que humildad, sencillez






















El que se pone de puntillas no se sostiene con firmeza.
El que camina a grandes zancadas no llega lejos.
El que se exhibe no es luminoso.
El que se justifica a sí mismo no alcanza fama.
Al que se vanagloria nadie le cree.
El que se enorgullece de sí mismo no llega a ser jefe..
Para el Tao, Estas cosas se llaman "las heces y excrecencias de la Virtud",
y son repugnantes.
Por eso el hombre del Tao las rechaza.

jueves, noviembre 15, 2007

El silencio de las sirenas, de Franz Kafka

























Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:

Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bién quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción.

Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo mas acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

martes, noviembre 13, 2007

El Peatón, de Ray Bradbury





















Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.

A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.

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El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.

En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.

-Hola, los de adentro -les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras-. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?

La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.

-¿Qué pasa ahora? -les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera-. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?

¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él.

Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.

Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.

Una voz metálica llamó:

-Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!

Mead se detuvo.

-¡Arriba las manos!

-Pero... -dijo Mead.

-¡Arriba las manos, o dispararemos!

La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.

-¿Su nombre? -dijo el coche de policía con un susurro metálico.

Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.

-Leonard Mead -dijo.

-¡Más alto!

-¡Leonard Mead!

-¿Ocupación o profesión?

-Imagino que ustedes me llamarían un escritor.

-Sin profesión -dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.

La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.

-Sí, puede ser así -dijo.

No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.

-Sin profesión -dijo la voz de fonógrafo, siseando-. ¿Qué estaba haciendo afuera?

-Caminando -dijo Leonard Mead.

-¡Caminando!

-Sólo caminando -dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.

-¿Caminando, sólo caminando, caminando?

-Sí, señor.

-¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?

-Caminando para tomar aire. Caminando para ver.

-¡Su dirección!

-Calle Saint James, once, sur.

-¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?

-Sí.

-¿Y tiene usted televisor?

-No.

-¿No?

Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.

-¿Es usted casado, señor Mead?

-No.

-No es casado -dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.

La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas.

-Nadie me quiere -dijo Leonard Mead con una sonrisa.

-¡No hable si no le preguntan!

Leonard Mead esperó en la noche fría.

-¿Sólo caminando, señor Mead?

-Sí.

-Pero no ha dicho para qué.

-Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.

-¿Ha hecho esto a menudo?

-Todas las noches durante años.

El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente.

-Bueno, señor Mead -dijo el coche.

-¿Eso es todo? -preguntó Mead cortésmente.

-Sí -dijo la voz-. Acérquese. -Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par-. Entre.

-Un minuto. ¡No he hecho nada!

-Entre.

-¡Protesto!

-Señor Mead...

Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.

-Entre.

Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.

-Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... -dijo la voz de hierro-. Pero...

-¿Hacia dónde me llevan?

El coche titubeó, dejó oir un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.

-Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.

Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.

Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.

-Mi casa -dijo Leonard Mead.

Nadie le respondió.

El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.


F I N