lunes, octubre 23, 2006

Los Grandes Descubrimientos Perdidos I (La invisibilidad), de Frederic Brown













Tres grandes descubrimientos se llevaron a cabo, y se perdieron trágicamente, durante el siglo XX. El primero de ellos fue el secreto de la invisibilidad.

Fue descubierto en 1909 por Archibald Praeter, embajador de la corte de Eduardo VII en la del sultán Abd-el-Krim, regente de un pequeño Estado aliado en cierto modo con el Imperio Otomano.

Praeter, un biólogo amateur pero entusiasmado autodidacta, inyectaba a ratones diversos sueros, con el propósito de encontrar una sustancia reactiva que ocasionara mutaciones. Cuando inoculaba a su ratón número 3019, éste desapareció. Aún estaba allí; podía sentirlo bajo su mano, pero no lograba verle ni un pelo. Lo colocó cuidadosamente en su jaula y, dos horas más tarde, el animalito reapareció sin sufrir daño alguno.

Continuó experimentando con dosis cada vez mayores y observó que podía hacer invisible al ratón durante un período de veinticuatro horas. Las dosis mayores lo enfermaban o le producían torpeza en sus movimientos. También advirtió que un ratón que moría durante un periodo de invisibilidad, aparecía de nuevo en el momento mismo de la muerte.

Dándose cuenta de la importancia de su descubrimiento, envió telegráficamente su renuncia a Inglaterra, despidió a sus sirvientes y se encerró en sus habitaciones, para experimentar con él mismo. Empezó con pequeñas inyecciones que lo hacían invisible durante unos cuantos minutos y la aumentó hasta verificar de que su tolerancia era igual que la de los ratones; la dosis que le hacía invisible más de veinticuatro horas, lo enfermaban. También descubrió que, aunque nada de su cuerpo era visible, la desnudez era esencial; la ropa no desaparecía con el preparado.

Praeter era un hombre honesto y de bastantes recursos económicos, así que no pensó en el crimen. Decidió volver a Inglaterra y ofrecer su descubrimiento al gobierno de su Majestad, para ser empleado en el servicio de espionaje o en acciones bélicas.

Pero antes decidió permitirse un capricho. Siempre había sentido curiosidad por el celosamente guardado harén del Sultán en cuya corte estuvo destinado. ¿Por qué no echarle un vistazo desde el interior?

Por otra parte, algo que no podía precisar con exactitud le preocupaba de su descubrimiento. Quizá hubiese alguna circunstancia en la cual... Pero no podía pasar de ese punto en sus pensamientos. El experimento estaba definitivamente concluido.

Se desnudó y se hizo invisible inyectándose la máxima dosis tolerable. Fue muy sencillo pasar entre los guardianes eunucos e introducirse en el harén. Pasó una tarde muy entretenida e interesante admirando a las cincuenta y tantas beldades en las ocupaciones diurnas de mantenerse bellas, bañándose y ungiendo sus cuerpos con aceites aromáticos y perfumes.

Una de ellas, una circasiana, lo atrajo extremadamente. Se le ocurrió, como a cualquier otro hombre en su lugar, que si se quedaba durante toda la noche, perfectamente a salvo ya que permanecería invisible hasta la tarde siguiente, podría averiguar cuál era la habitación de la belleza y, después de que las luces se hubiesen apagado, seducirla; ella se imaginaría que el sultán le hacía una visita.

La vigiló hasta ver a qué cuarto se retiraba. Un eunuco armado ocupó su puesto junto al cortinaje del pórtico y los demás se distribuyeron en cada una de las entradas a los diversos aposentos. Archibald esperó hasta que estuvo seguro de que ella dormía, y entonces, en el momento en que el eunuco miraba hacia otro lado y no podía percibir el movimiento de la cortina, se deslizó a su interior. Aquí la oscuridad era completamente absoluta, aunque andando a tientas pudo encontrar el lecho. Con cuidado extendió una mano y acarició a la mujer dormida. Ella se despertó y gritó aterrorizada. (Lo que él no sabía era que el sultán nunca visitaba el harén por la noche, sino que enviaba a por una o algunas de sus esposas para que lo acompañasen en sus propias habitaciones).

De pronto, el eunuco que estaba de guardia en la puerta entró y lo agarró opresivamente de un brazo. Lo primero que pensó fue que ahora sabía con precisión cuál era la circunstancia más desdichada de la invisibilidad: que era completamente inútil en la oscuridad absoluta. Y lo último que escuchó fue el siseo de la cimitarra bajando hacia su cuello desnudo.



FIN