miércoles, septiembre 05, 2007

Celebración de la fantasía, de Eduardo Galeano





























Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo

-Y anda bien -le pregunté

-Atrasa un poco -reconoció.

2 comentarios:

Calle Quimera dijo...

Trernura, una gran ternura es lo que me produce este fragmento. Y una gran impotencia.

Besos, Ashbless, es un texto precioso.

Ashbless dijo...

Gracias a Eduardo Galeano, que se ha convertido en las últimas semanas en el "salvador" del blog, al llenarlo de vida con sus cuentos...

Te doy la razón, ternura e impotencia...